miércoles, 27 de marzo de 2019

Cambiando de roles

En uno de los centros que 'atravesé' en mi vida profesional me encontré con un problema un tanto extraño. En un curso, creo que segundo o tercero de oficialía (estábamos en la FP de la ley 57 en España), había un buen ambiente en general, pero había algo que no 'olía' bien. Un chico que era extraordinariamente educado -es decir, con un correctísimo comportamiento- y que actuaba siempre con una probidad y gran estilo, era visto con un cierto grado de tensión entre sus compañeros.
Si preguntábamos a alguno de ellos sobre qué pasaba, eludían contestar. Se escapaban 'por los cerros de úbeda' como decimos por aquí. Es decir, ni idea del tema.
Yo era tutor del curso y se me ocurrió hacer una experiencia muy curiosa. Dije que íbamos a hacer "roll playing" y, bajo ese epígrafe tan exótico llegué un día a clase con tants cartulinas e imperdibles como alumnos tenía.
En estas cartulinas tenía escrito, con grandes caracteres, el nombre de todos y cada uno de los alumnos. Las repartí con una planificación que había hecho en casa y entregué a cada uno de los chicos y las chicas, sus cartulinas... pero no sus nombres, sino otros cambiados.
El alumno que nos preocupaba -es un decir, porque, en principio no lo hacía- se encontró representado por otro compañero que, me constaba, era un chico bastante serio y solvente.
Se cambiaron las posiciones a los sitios que normalmente tomaban los nombrados como tal.
El alumno a observar se puso nerviosísimo. Miró su tarjeta y trató de ver quién era el que lo iba a 'representar'.
Empecé a hacer una clase normal. El plan era que cada uno se comportara como hacía el que le había 'tocado' en su tarjeta.
En principio risas y aquello prometía ser un rato más divertido que otra cosa, pero dije que hicieran el favor de comportarse como lo hicieran entre clase y clase.
Hubo risas pero ¡sorpresa!. Todos miraron al que iba a representar al observado.
Éste se levantó, empezó a molestar a los compañeros y compañeras, expeler ventosidades y alguna procacidad más.
El 'observado' trató de defenderse. Dijo que él no hacía eso. Todos, radicalmente, le dijeron que sí.
Corté rápidamente el tema. Pedí que me devolvieran las tarjetas, que volvieran a sus sitios 'normales' y aproveché para hacer unas encuests de trámite.
Cuando salimos de clase me llevé al observado al exterior y, después a un despacho que nos prestaron.
No hizo falta ni hablar, le propuse que, si estaba dispuesto a comprometerse a modificar su comportamiento, yo estaría dispuesto a protegerlo de todo comentario.
Volvi a clase y pedí a todos que, olvidaran todo lo que había pasado, porque había pasado ya y no volvería a ocurrir.
Y así fue

domingo, 3 de marzo de 2019

Miedo a los ordenadores

Para "Educar con Humor", el 03 / 03  / 2019

Esto ocurrió hace 17 ó 18 años. Salgo de una clase de primero de la ESO donde hay un número significativo de repetidores, gente que ha venido de otros centros y algún que otro inmigrante de otro país. Ha sido una clase difícil porque ha habido lucha de idiosincrasias, algún descoloque, un inicio de discusión gorda entre un chico y una chica y una decepción mía porque el tema que llevaba era -a mi juicio- la mar de interesante.
Me encuentro con que mi amigo Jose Luis Destrieux (lo pongo como homenaje), que está de administrador en mi centro y con el que me une una sincera amistad, viene corriendo hacia mí y me dice: "Rafa, acaba de llegar un correo electrónico de la Junta de Andalucía que te va a gustar, ven conmigo a la secretaría".
En esos momentos estamos iniciando las nuevas tecnologías y, claro, expectantes ante ellas.
Voy a su despacho y tiene abierto en pantalla un correo.
La sección tal o cual de la Consejería de Educación nos invita a que desarrollemos un pequeño ensayo sobre si los profesores TEMEMOS que los ordenadores nos puedan llegar a quitar el trabajo.....
¡Je!, me siento en la mesa y les arreé una contestación de varios folios. Evidentemente les dije que no, por el momento y desafiaba a que en el futuro me lo volvieran a preguntar porque... entre otras cosas. No creía que un ordenador, puesto al frente de una clase, supiera discernir si una cuestión de un alumno era para peguntar o para incordiar, si cuando algún chico o chica hiciera una aportación fuera para decírsela al profesor, para agredir a alguno de sus compañeros o para vengarse de que el día anterior lo habían dejado callado. Tampoco el que un tratamiento de imágenes pudiera interprerar adecuadamente las caras, mohines, tics o arrugas de boca o fruncimiento de ceño para dirigir alguna consideración al sujeto. También negaba al ordenador la velocidad de respuesta ante una alteración del ruido de fondo de la case, discerniendo a la vez si conviene reprimirla o, por el contrario, dejarla ir.
En suma, que "ordenadores a mí", en clase y, en caliente, para el curso del que acababa de salir.
O sea, pasé un rato estupendo
Al cabo de quince días nos vino, por la misma vía, un saludo y reconocimiento del organismo que había emitido la encuesta diciéndonos que habíamos sido los que más rápido habíamos contestado y más extensos. Decían que "¿Cómo era posible que lo tuviéramos tan claro?".
No les contestamos, pero hubiera sido interesante.