Esto ocurrió hace 17 ó 18 años. Salgo de una clase de primero de la ESO donde hay un número significativo de repetidores, gente que ha venido de otros centros y algún que otro inmigrante de otro país. Ha sido una clase difícil porque ha habido lucha de idiosincrasias, algún descoloque, un inicio de discusión gorda entre un chico y una chica y una decepción mía porque el tema que llevaba era -a mi juicio- la mar de interesante.
Me encuentro con que mi amigo Jose Luis Destrieux (lo pongo como homenaje), que está de administrador en mi centro y con el que me une una sincera amistad, viene corriendo hacia mí y me dice: "Rafa, acaba de llegar un correo electrónico de la Junta de Andalucía que te va a gustar, ven conmigo a la secretaría".
En esos momentos estamos iniciando las nuevas tecnologías y, claro, expectantes ante ellas.
Voy a su despacho y tiene abierto en pantalla un correo.
La sección tal o cual de la Consejería de Educación nos invita a que desarrollemos un pequeño ensayo sobre si los profesores TEMEMOS que los ordenadores nos puedan llegar a quitar el trabajo.....
¡Je!, me siento en la mesa y les arreé una contestación de varios folios. Evidentemente les dije que no, por el momento y desafiaba a que en el futuro me lo volvieran a preguntar porque... entre otras cosas. No creía que un ordenador, puesto al frente de una clase, supiera discernir si una cuestión de un alumno era para peguntar o para incordiar, si cuando algún chico o chica hiciera una aportación fuera para decírsela al profesor, para agredir a alguno de sus compañeros o para vengarse de que el día anterior lo habían dejado callado. Tampoco el que un tratamiento de imágenes pudiera interprerar adecuadamente las caras, mohines, tics o arrugas de boca o fruncimiento de ceño para dirigir alguna consideración al sujeto. También negaba al ordenador la velocidad de respuesta ante una alteración del ruido de fondo de la case, discerniendo a la vez si conviene reprimirla o, por el contrario, dejarla ir.
En suma, que "ordenadores a mí", en clase y, en caliente, para el curso del que acababa de salir.
O sea, pasé un rato estupendo
Al cabo de quince días nos vino, por la misma vía, un saludo y reconocimiento del organismo que había emitido la encuesta diciéndonos que habíamos sido los que más rápido habíamos contestado y más extensos. Decían que "¿Cómo era posible que lo tuviéramos tan claro?".
No les contestamos, pero hubiera sido interesante.
Me encuentro con que mi amigo Jose Luis Destrieux (lo pongo como homenaje), que está de administrador en mi centro y con el que me une una sincera amistad, viene corriendo hacia mí y me dice: "Rafa, acaba de llegar un correo electrónico de la Junta de Andalucía que te va a gustar, ven conmigo a la secretaría".
En esos momentos estamos iniciando las nuevas tecnologías y, claro, expectantes ante ellas.
Voy a su despacho y tiene abierto en pantalla un correo.
La sección tal o cual de la Consejería de Educación nos invita a que desarrollemos un pequeño ensayo sobre si los profesores TEMEMOS que los ordenadores nos puedan llegar a quitar el trabajo.....
¡Je!, me siento en la mesa y les arreé una contestación de varios folios. Evidentemente les dije que no, por el momento y desafiaba a que en el futuro me lo volvieran a preguntar porque... entre otras cosas. No creía que un ordenador, puesto al frente de una clase, supiera discernir si una cuestión de un alumno era para peguntar o para incordiar, si cuando algún chico o chica hiciera una aportación fuera para decírsela al profesor, para agredir a alguno de sus compañeros o para vengarse de que el día anterior lo habían dejado callado. Tampoco el que un tratamiento de imágenes pudiera interprerar adecuadamente las caras, mohines, tics o arrugas de boca o fruncimiento de ceño para dirigir alguna consideración al sujeto. También negaba al ordenador la velocidad de respuesta ante una alteración del ruido de fondo de la case, discerniendo a la vez si conviene reprimirla o, por el contrario, dejarla ir.
En suma, que "ordenadores a mí", en clase y, en caliente, para el curso del que acababa de salir.
O sea, pasé un rato estupendo
Al cabo de quince días nos vino, por la misma vía, un saludo y reconocimiento del organismo que había emitido la encuesta diciéndonos que habíamos sido los que más rápido habíamos contestado y más extensos. Decían que "¿Cómo era posible que lo tuviéramos tan claro?".
No les contestamos, pero hubiera sido interesante.
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