sábado, 30 de noviembre de 2019

Propaganda del Instituto de Atarfe

"10ª Entrega.

Como es evidente no voy por orden cronológico. No soy capaz de ello. Se me vienen los recuerdos como quieran venir y, por eso, he hablado ya de que teníamos muchos más alumnos pero no he dicho cómo.

A ver, un grupo de gente -entre los que me encontré y me sigo encontrando- creímos siempre en la Formación Profesional. Por muchas razones que ahora complicarían el relato quisimos ser una alternativa real a la gente que, o no acababa la EGB o no eran precisamente unos estudiantes academicistas y con miras universitarias.

Yo había vivido eso desde muy antiguo. Desde que comencé allá por el año 971 ó 1972. En aquellos entonces, teníamos claro el ofrecer a gente que no había tenido más alternativa que el campo, el que pudieran hacerse un puesto profesional en la industria o en sectores de transformación o administración

Así, en Atarfe, donde formábamos parte de una serie de Secciones Delegadas pequeñitas (de alrededor de 100 alumnos de promedio), vimos que o crecíamos o moríamos y nos pareció que había un número de poblaciones de alrededor que no tenian oferta educativa después de los 14 años.

Así estaban por esos momentos  ¡hasta Albolote!, Peligros, Calicasas, Chaparral y algún otro lugar que no recuerdo ahora.

Pues nos pusimos manos a la obra. Hicimos una serie de diapositivas, tratamos de montar un guión para explicar lo que queríamos: que se vinieran a estudiar con nosotros y, a la vez, hablamos con los jefes de la provincia para estudiar la implantación del Transporte Escolar.

Así, casi al final de curso -por Abril o por ahí- andábamos Garnica, Jose Francisco y algún otro más a la caza y captura de posibles clientes.

Íbamos a los centros de EGB, hacíamos la descripción de nuestro centro y, esperábamos resultados.

Con todo eso y con la suerte de nuestra parte, llegamos a los 200 alumnos. ¡Ya no cabíamos!.

Y empezó otra batalla. La de que nos hicieran un centro

Pero eso, queda para mañana."
10ª Entrega.

Como es evidente no voy por orden cronológico. No soy capaz de ello. Se me vienen los recuerdos como quieran venir y, por eso, he hablado ya de que teníamos muchos más alumnos pero no he dicho cómo.

A ver, un grupo de gente -entre los que me encontré y me sigo encontrando- creímos siempre en la Formación Profesional. Por muchas razones que ahora complicarían el relato quisimos ser una alternativa real a la gente que, o no acababa la EGB o no eran precisamente unos estudiantes academicistas y con miras universitarias.

Yo había vivido eso desde muy antiguo. Desde que comencé allá por el año 971 ó 1972. En aquellos entonces, teníamos claro el ofrecer a gente que no había tenido más alternativa que el campo, el que pudieran hacerse un puesto profesional en la industria o en sectores de transformación o administración

Así, en Atarfe, donde formábamos parte de una serie de Secciones Delegadas pequeñitas (de alrededor de 100 alumnos de promedio), vimos que o crecíamos o moríamos y nos pareció que había un número de poblaciones de alrededor que no tenian oferta educativa después de los 14 años.

Así estaban por esos momentos ¡hasta Albolote!, Peligros, Calicasas, Chaparral y algún otro lugar que no recuerdo ahora.

Pues nos pusimos manos a la obra. Hicimos una serie de diapositivas, tratamos de montar un guión para explicar lo que queríamos: que se vinieran a estudiar con nosotros y, a la vez, hablamos con los jefes de la provincia para estudiar la implantación del Transporte Escolar.

Así, casi al final de curso -por Abril o por ahí- andábamos Garnica, Jose Francisco y algún otro más a la caza y captura de posibles clientes.

Íbamos a los centros de EGB, hacíamos la descripción de nuestro centro y, esperábamos resultados.

Con todo eso y con la suerte de nuestra parte, llegamos a los 200 alumnos. ¡Ya no cabíamos!.

Y empezó otra batalla. La de que nos hicieran un centro

Pero eso, queda para mañana.

defensa laboral informática e informatizada

En una determinada época, creo que alrededor de los primeros años 90, la Junta de Andalucía proyectó ponernos un suplemento en el sueldo a los profesores según el número de horas que pasáramos trabajando con un programa de acción tutorial a través del ordenador.

Aquello, a algunos nos pareció un tanto extraño. No se pedían méritos profesionales, sino estar delante del ordenata haciendo ¿qué?, ¿moviendo notas?.

Entonces, en plan broma, hicimos correr el rumor de que los sindicatos habían preparado unos programas auxiliares que, instalados en nuestros ordenadores personales, arrancaran el programa de la junta, movieran notas y anotaciones cada "x" minutos, y, al final, después de dos o tres horas de vacilaciones, volvieran a poner las cosas como en un principio las habíamos puesto nosotros personalmente. Así nos asegurábamos dos cosas, de un lado el que sabíamos lo que tenía que estar allí escrito, porque era lo que nosotros habíamos apuntado y, de otro, el que habíamos hecho labores por las que seríamos evaluados y retribuidos.

Nos dijeron que "eso no se hace". "sois unos antiguallas" y demás epítetos.

Pero nos pareció una actuación sindical a la altura de la propuesta que estaban haciendo los "patronos" y, como tal se la hicimos saber.

Aquello "fuese y no hubo nada". Pero nos reímos.

un alumno debajo de un puente.

11ª entrega.

Sigo con lo de los alumnos de centros de alrededor.

También ahí tuvimos una historia -en este caso un poco triste-.

Sucedió que un día, a mediados del primer trimestre, vino un padre a preguntar sobre las notas e incidencias que tuvieran que ver con su hijo.

Lo acogimoss y, cuando dijo el nombre, le señalamos que no estaba matriculado con nosotros

"¡Imposible!". Todos los días sale con sus compañeros y vecinos a tomar el autobús escolar camino de nuestro Instituto.

Pues aquí no está matriculado. Nos extrañó porque, si bien el curso pasado no estuvo particularmente brillante, hubiera podido seguir estudiando normalmente.

¡A buscarlo!.

Convocamos a todos los alumnos de su pueblo y les preguntamos sobre él. Nos dijeron que sí, que iba con ellos hsta la parada del autobús y que luego se quedaba en tierra.

Pues hay que buscarlo a ver donde se mete durante todo el día.

Y lo encontramos. Por alguna razón personal, el chico no había encontrado ánimos para pedir ayuda y, sin matricularse y sin tener sitio a donde ir durante toda la mañana, se escondía en las cercanías del pueblo hasta que llegaba la hora de volver a casa.

¡Qué mal lo tuvo que pasar!. Ofrecimos matricularlo aunque fuera de plazo, pero los padres prefirieron llevarlo a otro centro

Un fracaso organizativo y humano. Que también los tuvimos, claro

viernes, 29 de noviembre de 2019

el esqueleto tiene nombre

"Supongo que en todos los centros de enseñanza hay un esqueleto y/o un "hombre clástico", en el departamento de Ciencias Naturales.

Que yo sepa, y de antiguo, también ha sido normal el que se le ponga un nombre de persona, animal o cosa y, a partir de ahí, nunca se diga 'esqueleto' ni "hombre de piezas" ni ningún sinónimo por el estilo. Si el esqueleto se llama "Pepe", pongo por ejemplo, el profe pide a algún alumno que se llegue al laboratorio "a por Pepe" y el encargo está suficientemente claro.

En nuestro Instituto tuvimos un inspector que tenía un nombre algo inusual. Realmente no recuerdo cómo se llamaba -quizá por culpa de lo que estoy contando- y, como era un nombre raro empezamos a llamarlo de otra manera parecida, pero no exacta.

Me explico, pongamos que el Inspector se llamara Maximino, pues, con la habitual chanza andaluza, le llamábamos "Mínimo", o algo así.

Pues ya está. Al esqueleto empezamos a decirle "Minimo". Realmente el mismo nombre que utilizábamos para el Inspector.

Y, un buen día, con motivo de haber puesto en marcha un nuevo edificio, vinos a vernos el Sr. Inspector. 

Estaban bastante desordenados todos los materiales y nuestro amigo "Mínimo"  estaba en mitad del pasillo. 

Llegó el Inspector y en plan cordial preguntó sobre el nombre del esqueleto. Los alumnos se lo dijeron inmediatamente y a él le extrañó que lo supieran todos y que fuera ese. Y preguntó, ¿alguien sabe cómo se puso ese nombre al esqueleto?.

Alguno de los alumnos mayores, buena gente y nada tonto, se imaginó el origen del nombre (nos habría oido llamar al Inspector así) y, echó balones fuera.

"¿Mínimo?", preguntó. ¡Ese es el nombre que le dábamos a un compañero que estaba muy delgado!.

Todos los profes presentes respiramos relajados."
Supongo que en todos los centros de enseñanza hay un esqueleto y/o un "hombre clástico", en el departamento de Ciencias Naturales.

Que yo sepa, y de antiguo, también ha sido normal el que se le ponga un nombre de persona, animal o cosa y, a partir de ahí, nunca se diga 'esqueleto' ni "hombre de piezas" ni ningún sinónimo por el estilo. Si el esqueleto se llama "Pepe", pongo por ejemplo, el profe pide a algún alumno que se llegue al laboratorio "a por Pepe" y el encargo está suficientemente claro.

En nuestro Instituto tuvimos un inspector que tenía un nombre algo inusual. Realmente no recuerdo cómo se llamaba -quizá por culpa de lo que estoy contando- y, como era un nombre raro empezamos a llamarlo de otra manera parecida, pero no exacta.

Me explico, pongamos que el Inspector se llamara Maximino, pues, con la habitual chanza andaluza, le llamábamos "Mínimo", o algo así.

Pues ya está. Al esqueleto empezamos a decirle "Minimo". Realmente el mismo nombre que utilizábamos para el Inspector.

Y, un buen día, con motivo de haber puesto en marcha un nuevo edificio, vinos a vernos el Sr. Inspector.

Estaban bastante desordenados todos los materiales y nuestro amigo "Mínimo" estaba en mitad del pasillo.

Llegó el Inspector y en plan cordial preguntó sobre el nombre del esqueleto. Los alumnos se lo dijeron inmediatamente y a él le extrañó que lo supieran todos y que fuera ese. Y preguntó, ¿alguien sabe cómo se puso ese nombre al esqueleto?.

Alguno de los alumnos mayores, buena gente y nada tonto, se imaginó el origen del nombre (nos habría oido llamar al Inspector así) y, echó balones fuera.

"¿Mínimo?", preguntó. ¡Ese es el nombre que le dábamos a un compañero que estaba muy delgado!.

Todos los profes presentes respiramos relajados.

todos los profes tienen que ser maravillosos....

Los sueños dorados sobre cómo ha de ser la educación son una gran fuente de artículos y reflexiones. A mi me gustan, pero también me marcan una cierta cautela. Si la población a atender es de unos cuantos cientos de miles de alumnos y hacen falta unas decenas de miles de profesores (y he hecho una aproximación 'muy por defecto'), no creo que sea útil proponer metodologías o sistemas de cuento de hadas, parece responsable que la propuesta sea fundamentalmente realista. Si no es esperable que existan 10000 profesores maravillosos, menos aún que existan 100000.
Tambien pienso que la educación no es un fenómeno tan complejo que exija planteamientos y estrategias de altísimo nivel.
Sí, sin embargo, sí pienso que la educación necesita una colectividad que esté dispuesta a valorarla como se merece. Si no es apreciada, no funciona.

ponderación en la atención sanitaria o docente


Un pequeño relato: En cierta ocasión, hablando con un médico -ginecólogo- amiguísimo y con el que tenía toda la confianza del mundo, tocamos el tema de la "empatía" en la atención médica. Él era conocido por ser el médico más amable, atento y cordial de toda la clase médica y, supongo que la atención sanitaria no desmerecería de su calidad humana. Pero, como abundaba muchísimo en la importancia de la empatía me sentí obligado a decir que habría que tener cuidado porque la idea-eje de la atención sanitaria (como la de la docencia) era la de "curar" (sin querer entrar ahora en que qué es eso) y, un médico super-empático, pero poco curador corría el riesgo de acompañar a la tumba a un paciente, que iría feliz, pero eso, a la tumba. O sea, que convendrá ponderar y la empatía no está reñida -necesariamente al menos- con la enti-empatía... Es cuestión de proporcionarlas....

los virus del ordenador


(Esto ya lo pusimos anteriormente, pero se puede repetir)

Un recuerdo divertido para seguir con el buen rato que pasamos ayer....

Un cuento -real- que pasó en el edificio de la antigua Formación Profesional. A ver si hay alguien que lo recuerde porque es del año 1984 o por ahí...
Teníamos una clase grande -de tres ventanas- para las asignaturas de prácticas de administración y, al fondo, le hicimos un cubículo para poner una mesa grande en la que se dis
pusieron varios ordenadores. Pues bien.
A poco de empezar a introducirse los ordenadores como útiles de enseñanza/aprendizaje tuvimos que iniciar una gama de comportamientos respecto a los mismos. Eran, en principio, objetos mágicos, asombrosos, capaces, de verdad que nos resultaban motivadores y, a veces, desconcertantes.
Pero hay que decir que, también, en nuestro ambiente les hicimos coincidir con el bagaje de humor que le echábamos a la acción diaria.
Así, recuerdo que en pequeño instituto teníamos cuatro o cinco aparatos, en una especie de aula aparte, auxiliar de la clase de prácticas de contabilidad, y donde también íbamos los profes a tratar de dominar aquél nuevo medio.
Un día estoy yo, sólo, en uno de los aparatos. Sé que en veinte minutos van a empezar a llegar los alumnos de prácticas quienes, en una relación de dos chicos por cada aparato, van a comenzar sus apuntes contables. Estamos en los primeros días de un nuevo curso y sé, también, que los chicos son 'novatos'.
¿Qué se me ocurre?. Sacar un pañuelo y ponérmelo en la cara al modo y forma en que hemos visto en las películas del oeste atracar bancos.
Llegan los alumnos, me ven y, de reojo, compruebo que me señalan con el dedo y se ríen, modosamente. Pero no se quedan ahí: "Rafa ¿qué haces con el pañuelo?".
Reclamo silencio, les digo que se sienten en sus aparatos, que yo ya me voy pero que hagan lo mismo que yo pues en los ordenadores hay "virus" y pueden ser contagiosos.
No hay más que hablar, los chicos -y chicas, claro....-, se sientan en sus sitios se ponen sus pañuelos y encienden sus pantallas.
Dejo mi sitio, me levanto, me quito el pañuelo y voy hacia la entrada de la clase. Me cruzo en ese instante con mi compañero que está entrando, lo saludo y se dirige hacia donde están los ordenadores.
Salgo, pero dejo la puerta un poco abierta. Oigo: "¿Qué hacéis?¿por qué os habéis puesto los pañuelos así?".
Le contestan lo que yo les he dicho y, cierro la puerta, para que la carcajada del profe no se oiga en el resto del Instituto....
En el recreo e buscaron los alumnos, muertos de risa por la broma que les había gastado. La disfrutamos durante varios días.

precisión en el lenguaje


Acabo de tener una conversación con mi mujer sobre algo que puede ser pintoresco (por llamarlo de alguna forma).
Por la mañana nos leemos -cada uno con su terminal- la prensa del país. Mi mujer lee muchos más que yo y, cuando tomamos café, conversamos sobre algunas cosas de las que hemos leído.
Esta mañana hemos sacado una conclusión que no sé si es divertida o tragicómica -que no es lo mismo-. Se trata de que constatamos que los líderes políticos son "lo menos didácticos del mundo".
Es decir, pensamos que se explican fatal, pero no tanto por las palabras -que también- sino que no están siendo capaces de definir los ámbitos, potencias y limitaciones de lo que dicen. (A lo mejor habría que haber estudiado algo más de filosofía básica. Saber qué es lo fundamental y qué es lo accesorio, a qué trozo de población se refieren y a cuál no....
Un ejemplo. Si un político empieza explicando un concepto por los juicios de valor corre un alto riesgo de confundir a sus oyentes sobre a qué se refiere exactamente. Más sencillamente, cuando aplica el epíteto "fascista" y no ha dicho -que no va a decir- en dónde ha empezado a ser real esa calificación, desmerece su calificación y devalúa su denuncia.
Igual pasaría si a otro se le llama "comunista" y tampoco se hace acotación alguna. Sobre todo cuando los epítetos se usan de modo insultante.
En fin, creo que sueño -que soñamos- en que algún gestor de la res-publica o posible gestor futuro, sea capaz de discernir los elementos que forman su discurso, a qué parte de la infraestructura económica va a dedicar su trabajo, qué relaciones económicas y de poder va a reformar....
Y, los sueños, sueños son.

El cardinal del "Conjunto Vacío".

Me acaba de pedir una colega una orientación sobre un proceso de evaluación de su asignatura. Hemos cambiado impresiones y he dicho alguna sugerencia que me parecía adecuada.

Mi sorpresa ha surgido cuando esta colega me ha recordado que no "se puede poner un 'cero' en un examen totalmente incorrecto, que la menor nota es un 'uno'".

He recordado anécdotas de algo que pasó en un intercambio con un centro de Bulgaria, en medio del país.

Cuando los compañeros de cuatro países nos juntábamos para cenar y tomar una copichuela, salía el momento del humor.

Algunos de ellos nos decían: "A ver, Rafa, vamos a reirnos un rato...¿Es cierto que habéis alterado las matemáticas?. ¿Que a un conjunto vacío (examen) le corresponde el cardinal "1" (uno)?..".

O, también, "¿es verdad que en España se dan títulos con materias suspensas?".

Y, la peor pregunta. "¿EStáis locos?¿Cómo es que os planteáis cosas que han estado meridianamente claras durante montones de años?".

Dicho en honor de los que nos decían esto, he de decir que la muestra que nos enseñaron sobre sus procesos educativos eran de un rigor extraordinario, tanto en programaciones como en clase y demás disciplinas generales de sus institutos.

La nómina falsa

Permítanme los colegas -y las colegas- una anécdota que creo divertida. Si a través de ella propongo algo no es más que, que si pueden entender el ambientazo amistoso que llegamos a tener en nuestro centro, traten de repetirlo y disfrutarlo.

Sucedió que un día, cuando empezaban a llegar las "nominas" a los centros, hechas en papel 'continuo' venían de la primera generación de ordenadores. Nos dimos cuenta de que los profes éramos un número impar y venían un número de hojas pares. Es decir, una venía en blanco.

Pensamos en gastar una broma. Cogimos la hoja en blanco y, con mucho cuidado copiamos datos reales de un compañero y, al final, le pusimos las "detracciones". Es decir, le dejábamos un sueldo final de auténtica miseria.

Este hombre -excelente persona- confiaba en nosotros de una manera natural, así que al sentarnos en un aula para tener un Claustro, lo arrinconamos 'cerca de la estufa' y le cerramos el paso para que no tuviera una salida fácil.

Habíamos avisado al director de la broma y, en cierta forma, pedido permiso para hacerlo. cosa que aceptó a regañadientes pero, dejó hacer

Empieza el claustro y estamos todos, más o menos, en los temas que se están tratando. Al empezar "ruegos y preguntas", alguien viene desde la Secretaría con los impresos de las nóminas que nos entregan uno a uno.

Abrimos cada uno el nuestro y el "bromeado", al abrir la suya no puedo sino dar un grito de espanto. "¡no puede ser!¡me han dejado sin blanca!¡esto tiene que ser un error!.." y, malpidiendo permiso para salir, trata de levantarse e irse hacia la calle empujando las mesas que se lo impiden. Está lanzado. Tanto que tenemos que levantar la voz para detenerlo. "¡Fulano!, que es una broma...". Se vuelve desencajado y nos dice, que no, que no es una broma, que es un papel de los jefes provinciales y que no se puede falsificar.

Le damos la suya auténtica y nos mira asombrados. "¿sois capaces de hacer una falsificación tan bien hecha?"....

Acabamos convidándolo a cerveza con jamón, que es como se suelen acabar las bromas en nuestra tierra....

El timbre del politécnico de Linares

Al hilo de las anécdotas participadas por los profesores y que, qué duda cabe, hacen más fácil la vida profesional, he de recordar una que tiene, para mí, el recuerdo de haber sido efectuada por la totalidad de un claustro numeroso.

Éramos más de cien profesores, o por ahí, de un Instituto Politécnico con más de mil y mucho pico de alumnos. Estábamos gentes de todas las edades y condiciones, desde antiguos profesores funcionarios de antiguo a un montoncito de nuevos, recien llegados a la fnción pública.

Estrenábamos un nuevo centro, que por cierto fueron a inaugurar los Reyes de España (y de lo que también se podrían sacar algunas anécdotas divertidas) y que estábamos dispuestos a trabajarlo con cariño y entusiasmo.

Pues bien, en ese centro, heredábamos -claro- el director del que lo era antes y éste señor tenía una mania para reclamar silencio en los multitudinarios claustros.

Creíamos que su "timbre de barra de recepción de hotel del oeste" podría ser más o menos aceptable en la enormísima sala de juntas del antiguo centro, pero no en el nuevo que tenía mejores condiciones acústicas y de visualizacion.

Pues eso, tomando cervezas después de clase, empezamos a pensar en cómo eliminar el timbre de la forma más pacífica posible.

Queríamos que, fuera como fuera el cómo lo hiciéramos, nos hiciera reir a todos -y también, al director-. Así que, empezamos a pensar hasta que a alguien se le ocurrió: "Un destornillador".

¿Cómo?, le preguntamos. Y el colega, entusiasmado, nos dice su diseño. "Nos las arreglamos para que salga un momento de la sala en plena celebración de un claustro y, desmontamos el timbre y se lo dejamos en su lugar, de tal manera que, cuando lo vuelva a tocar, se deshaga".

Nos pareció bien y, para sacarlo de la reunión, dijimos a un familiar que llamara por teléfono al centro, que dijera que era importante hablar con el Sr Director y así, el conserje le hiciera abandonar el local.

Hecho. Empezamos un Claustro. Al cabo de 20 minutos llega el Conserje, pide permiso y le dice que al teléfono hay un señor que insiste en hablar con él, sólo un momento. El director nos mira, le decimos que no se preocupe, que atienda la llamada y, en cuanto sale, dos de nosotros, corremos hacia el timbre, lo desarmamos, lo enjaretamos para que no pareciera 'tocado' y volvemos a nuestros asientos.

El grupo está sonriendo por fuera y riéndose por lo bajo.

Llega el Dire, seguimos con los temas y, al cabo de un rato hay un cierto desmadre. Como hay que pedir silencio, el "Jefe", acciona el timbre y mira con terror cómo se desarma en un montoncito de piezas de metal.

No nos reímos, había que evaluar su reacción. Nos mira con cara de sorpresa y dice: "O sea, que 'esto' no era del gusto de ustedes, ¿no?". Y todos le indicamos con la cabeza la negación. Cogió una papelera, arrastró las piezas hasta ella y dijo: "Seguimos con el tema".

Al final del claustro, fuimos a felicitarle por lo bien que habia encajado la broma y los mayores le dijeron que había sido la forma más pacífica que se nos había ocurrido a todos para quitarle su querencia tímbrica.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Historia del "Insti" - 2

Segundo día de memorias de nuestro "Insti", aún entonces "Sección Delegada".
Tengo, como cualquiera de vosotros, recuerdos confusos entre caras y nombres pero eso sí, creo no haber olvidado nunca una cara. También, también lógicamente, a qué curso correspondía cada uno de los que componíamos aquellas pandas tan divertidas.
Ojo, en algunos momentos éramos serios.
Por ejemplo, acabando con el tema del frío de las clases. El profe de prácticas de electricidad propuso que los estudiantes se hicieran cargo de la instalación eléctrica del centro. Que se pondrían cables adecuados para ponernos estufas eléctricas y, así, dejar de estar "atufados" por los gases -ya entonces- de efecto invernadero y axfisiantes.
Y los pusieron, y pusimos unas estufas que -decían- eran de "calor negro". Un pequeño lío físico pero que inevitablemente -y mira que luchamos contra eso- hacían que la gente moviera mesas y sillas para estar cerca de los radiadores. Esos, los cercanos, no pasaban frío, pero el resto....nos aguantábamos.
El centro era tan pequeño que, recuerdo, vino un Inspector a vernos y le recibimos en una salita que había como "despacho", al lado de lo que era la "administración". Allí, hablamos con él. Salimos al pasillo y dijo... "y, ¿dónde está la Jefatura de estudios?". Nada, dimos la vuelta -él a nuestro lado- y volvimos a entrar en el despacho del que habíamos salido. Nueva salida y nueva pregunta: "entonces, ¿La secretaría?". Dimos la vuelta, pero esa vez él no cayó en la trampa. Dijo, "vale, me he enterado. Sois lo más pequeño que se despacha en centros de enseñanza".
¡Que si éramos pequeños!. Cuando arreglamos la entrada para hacerlo a traves del patio, por aquella puerta que daba al campo, pusimos la "sala de profesores" en lo que era la "entrada" antigua y allí, uno de los profes se puso a leer el periódico iDEAL, sentado y abriendo las páginas a todo su ancho. Llegó otro y le dijo, "Oye, cierra el periódico a la mitad, que no quepo"....
Pero, lo mejor, lo mejor érais la gente. Una de vosotras, cuando todavía teníamos la puerta que daba al callejón que venía de la plaza del Ayuntamiento, tenía que calcular los pasos antes de llegar porque, como la acera era muy alta, tenía que llegar a ella con los pasos exactos porque, si no, necesitaba dar la vuelta y volver a intentarlo.
En algún momento, supongo que era en tiempos de exámenes, a uno -porque supongo que fue uno y no una- se le ocurrió llamar diciendo que había puesto una bomba en el Insti. Llamamos a la policía y nos dijeron que teníamos que salir todos a la calle, pasar lista para ver quien estaba allí y quién no y estar todos juntos. Llegaron los Guardias Civiles destinados a desactivación de explosivos y dijeron que era necesario que entrara con ellos un profesor y las llaves de todos los armarios y todas las aulas. Entre yo.
Íbamos el Guardia Ciil, un perro y yo. Me dijo que fuéramos al laboratorio. Llegados al sitio donde estaban las cosas de química, el perro se sentó en el suelo, pero de una forma muy rara. El guardia se quedó extrañado y me pidió que fuéramos al armario donde estuvieran las cosas de limpieza. Así lo hicimos y el perro se volvió a sentar de una forma rarísima.
El guardia volvió a mirar al perro más que extrañado. Paseamos por todo el centro, aulas, armarios y pasillos y el perro no se volvió a sentar de ninguna manera.
Bajamos por las escaleras que daban al patio, absolutamente vacío de gente porque todo el mundo estaba en la puerta lejana, que daba a La Vega. Veo que el guardia tumba al perro y le mira su entrepierna. Me llama y dice, "mire usted, el perro se sentaba muy mal porque está escocido" (me había explicado que cuando los perros de explosivos huelen algo, tienen que sentarse correctamente en el suelo). Nos echamos a reir después del medio susto que habíamos pasado y, riendo riendo llegamos a donde estaba todo el mundo.
Nos mirásteis como si fuéramos extraterrestres (al poli y a mi) y cuando explicamos lo que había pasado, pues eso, nos reimos todos y volvimos a clase.
La vez siguiente que llamó el de la bomba -que ya sospechábamos quién era y por qué lo hacía- le dijimos que dejara de hacerse el interesante, que estudiara y que viniera a clase. Ya no "hubo" más bombas.
Seguiremos.

Historia del "Insti" de Atarfe - 1

Llevo tiempo tratando de sentarme a contar una historia muy larga, tan extensa que en cierta forma me anuncia que me puede cansar.
Empieza en el año 1979. Y, en la parte que nos toca, lo hace en Atarfe, en un viejo edificio que estuvo dedicado a escuela infantil.
Allí "aterrizó" la concesión de puesta en marcha de una "Sección delegada del Instituto Politécnico Nacional", el que había en el Estadio de la Juventud, junto al Camino de Ronda, en Granada.
Se iban a impartir enseñanzas de Formación Profesional. Empezaban con las ramas de Electricidad y Administrativo para los dos niveles de FP I y FPII y darían los títulos de técnico auxiliar y técnico especialista.
Yo llegué a ese centro para comenzar el curso 1980-81. Éramos 9 los profesores destinados a él ya de forma definitiva. Teníamos unos 75 a 80 alumnos y alumnas -que hay que decir así, no por lo del lenguaje sino porque era verdad- Esta gente se agrupaba en clases no muy numerosas. Las del primer curso algo más concurridas que las de los cursos superiores.
Para llegar allí se partía de chicos y chicas que hubieran hecho 8 cursos en EGB, aunque no hubieran alcanzado el Graduado Escolar y teníamos claro que tenían su derecho -y deber, claro- de estar hasta los 16 años, por lo menos.
Empezamos el curso con ánimo. Los de los primeros cursos, más jaleosos y numerosos, quedaban compensados con gente formal y sensata y, también, a través de que los profes -y profas, claro- éramos gente joven y marchosa. Aunque, pienso, tenía bastante que ver el que durante las seis horas que teníamos de clase, no todas eran teórics sino que se alternaban con prácticas y tecnología.
Nuestra clase de prácticas de electricidd se impartía en el antiguo comedor del grupo. Un edificio de ladrillo que estaba en mitad del patio.
Pero todo esto es más serio de lo que quería contar. Yo querría haber empezado por la cantidad de aventuras que ocurrian todos los días.
Así, por ejemplo, a algún graciosillo o graciosilla, se le empezó a ocurrir meter palillos de dientes en la cerradura de la puerta principal.
En un principio tratabamos de sacar el palillo con una aguja o similar, pero, viendo que tardábamos muchísimo, empezamos a contestar con originalidad. Como en el pasillo del local había un montón de ventanas, dejábamos una abierta -sin aldaba por dentro- y, cuando al llegar cada día a clase nos encontrábamos con el palillo, no vacilábamos. Encargábamos a algún voluntario -que siempre hubo- de subirse a los hombros de otro y colarse por la ventana. Como por dentro la cerradura no tenía palillo, abría la puerta y entrábamos a las clases. Al cabo de un par de semanas el "retardador" del palillo -al que nunca descubrimos quién era- dejó de hacerlo.
Problema zanjado
Pasábamos un frío de los de impresión. En mi clase de física, que estaba un poco más avanzada que las otras, había quien se llevaba un vasito de plástico con un culillo de agua.
Puesto en las inmediaciones de la ventana lo teníamos como aviso, si llegaba a cuajarse -de hielo- salíamos al patio a correr hasta que se nos quitaban los tiritones.
Y, claro, tratamos de que el Ayuntamiento -nuestro valedor- nos ayudara a calentar las clases. Nos dio estufas de butano con lo que se cumplía un poquito el servicio pero, al cabo del rato, aquello estaba lleno de esos gases que ahora lían el "cambio climático" y había que abrir las ventanas. La clase se aireaba, se volvía a enfriar. Volvíamos a pasar frío mientras que la clase se volvía a contaminar y así, hasta que alrededor de las doce de la mañana, nuestros calores humanos caldeaban el ambiente y apagábamos las estufas.