miércoles, 8 de octubre de 2025

Exámenes finales clandestinos

 

Estará mal decirlo pero en el desarrollo de mis años de tiza tuve un par de aciertos. Creo que originales.
 
Por ejemplo: Cuando estaban más que recomendados, prohibidos de una forma u otra, el hacer "exámenes finales"... entendiendo por tales un "examen" de papel y lápiz que abarcara en sus posibilidades de preguntas todos los "contenidos" del curso, se me ocurrió un plan pintoresco.
 
Quedé con los alumnos que me interesaba saber cuál era el "nivel" que les había quedado sobre "toda" la física y química... al final de curso.
 
Es evidente que si hacía ese ejercicio y hacia valer sus notas máso menos sobre las obtenidas por evaluación continua, podía tener problemas con la inspección. Pero no era plan de pelearse. Yo quería "saber" -yo- qué quedaba al "final" de "todo" lo que se hubiera estudiado.
 
Pues lo plantee como una encuesta. Es decir, se hacía el ejercicio en forma y modo tradicional (fecha y hora, claro, individuales, separados, eetc. etc), pero, bajo seudónimo.
 
Es decir, que en la hoja de entrega de resultados no podía -ni tenía- que aparecer el nombre del que lo hacía, sino nombres como "Conejo de la suerte", "capitan Hadock", o cualquier otro al uso.
 
Y, a la vez, podía quedar claro. Yo daría la snotas que correspondieran a esos seudónimos y, podría darse el caso -como se dio- que un par de alumnos sacaron mejor nota en ese ejercicio que en la que llevaban de "continuo". 
 
No habría problema. Se identificarían quiénes eran y su éxito, pasaba a "oficializase".
 
Lo gracioso es que en uno de los casos anuncié que "Caperucita Roja" tenía un 8 ... y era un chico. Traté de mantener el secreto pero no hubo forma. La juerga que se armó fue propia del momento.

martes, 7 de octubre de 2025

Los gritos misteriosos

 En nuestro Insti Atárfido pasamos por varias etapas.

Estuvimos divididos en dos edificios. De un lado las antiguas escuelas -de párvulos, decían- y el edificio "de Agricultura". Básicamente la base del Insti actual. 

Teníamos que ir de uno a otro y, claro, la jornada académica tenía retrasos significativos y, también, y aquí viene el interés, unas instalaciones la mar de curiosas.

De un edificio de oficinas tratamos de hacer un "aulario" más o menos decente. Más bien menos que más, pero aquello iba tirando.

Me quedé con un aula en el último piso. Nadie la quería, teníamos llave de ella y tenía sus comodidades y peculiaridades.

Por ejemplo, una ventana daba al tejado. Se podía salir por ella y aprovechando una especie de terracita llegabas al borde del edificio y, enfrente la chopera que hacía límite con "las Yucas" -Restaurante-, entonces en sus comienzos.

Un día, casi de comienzo de curso llega una de las compañeras -alumna- con una cara de destrozo psicológico. Estaba fatal, pero fatal, fatal.

Nos conocíamos de años anteriores y verla así me preocupó. Me contó que el novio la había abandonado de mala manera y estaba de verdad enamorada.

Se había metido en el agujero depresivo de esas situaciones y, por más que hizo por superarlo, no salía de ahí.

Le insistí en que hiciera vida normal, trataba de hacerlo y era por eso por lo que venía a clase. Los compañeros y amigas la jaleaban pero -decía ella- había momentos en que el dolor interno la tenía derrotada.

Un día entró en clase con cara de abatimiento tremendo, lágrimas y suspiros la tenían ocupada por completo.

Se me ocurrió de golpe. Le señalé la ventana y le dije que saliera por ella y se asomara a la chopera y que, allí, le gritara a su ex-rubio, todo lo que quisiera.

Así lo hizo. Salió, cerré la ventana -sin pestillo, obviamente- y oímos gritos, aullidos e improperios.

Al rato, volvió, decía ella que "mucho mejor" y, bueno, seguimos la clase normal.

En jornadas sucesivas, cada vez que se veía mal, pedía permiso, salía al tejado, repetía la operación y nada, otra más.

Pero, en la sala de profesores, había sorpresas.

En uno de esos días, al entrar en ella, un grupo de colegas se dirigen a mi.... "Rafa, ¿oyes tú esos gritos que hay a veces?"...

"¿Gritos?, ¿qué gritos?", dije yo. "No he oído nada".....

Me decían que sí, que había días que en mitad de la jornada se oían gritos....

Se me ocurrió adjudicarle a algún labriego cabreado...

Y, así, pasamos desapercibidos....

Hasta que la moza superó el problema.  

 

 

 

Disfrazado de jeque

 En Atarfe, en nuestro Insti, instauramos hace muchísimo tiempo algo así como  una semana cultural.

Normal y, en ella, cada uno de nosotros aportaba lo que tenía a bien.

En mi caso, lo hice dos o tres veces, daba una charla -cuyo pretexto era el Sáhara Español, pero que ampliaba a recorridos por el Tercer Mundo y algo de geopolítica- y que, en uno de los casos me resulta especialmente grato recordar.

Porque acabé haciendo el gamberro.

A saber. La charla, creo que era la segunda vez que lo hacía, se basaba en mis diapositivas del año 86, en mi estancia en aquellos lares.

Acompañaba con dibujos en la pizarra, algún mapa y demás.

Pero en este caso hice algo especial. 

Me llevé mi darráh. El vestido que más me gusta en el mundo y así como se lo iba enseñando empecé a cavilar una Rafada.

Me lo fui poniendo y tratando de que me quedara lo mejor posible.

Al final de la charla estaba vestido de Saharaui. 

Al ponerme el turbante, los alumnos advirtieron que se me reconocería por los ojos. Pues, nada, unas gafas.

Acabé la charla, salimos y me fui a clase. Ya allí empezó el jaleo. Los alumnos me reconocieron inmediatamente, el profe de guardia no. Y pasó un mal rato porque los alumnos me jalearon estrepitosamente. 

Pero aproveché la ocasión, salí de clase y me fui a buscar a la compañera de Francés. Le invité a que me acompañara a ver a la directora. Que yo iría chapurreando en francés frases inconexas y que ella traduciría diciendo que yo era un jeque interesado en traer a mi hijo al Instituto si la directora me garantizaba buenas notas. Buenísimas notas.

Allá que fuimos, Luisa y yo. Entramos en el despacho de la jefa y, recibidos muy correctamente, la colega se enrolla con el tema que llevamos. La dire, muy comedida, dice que eso no es posible pero que garantiza la máxima atención a mi vástago y que hará todo todo todo lo posible por el éxito escolar. 

Y dale con el latazo. Así varias veces hasta que nos fuimos cansando.

Y me quité las gafas. La jefa dio un salto y chilló. ¡Rafa!¡tenías que ser tú!....

Pero también se rió con nuestra ocurrencia.