En algún momento he citado que tuve la suerte -grandiosa- de gozar de un grupo de compañeros estudiantiles que, como mal se dice, ' se salían de la media'. Estábamos dispuestos a estudiar todo, a analizar todo y, si no nos lo explicaban en clase, lo buscábamos por nuestro lado.
Estoy hablando de Bachillerato, Padre Suarez, en los primeros años de los 60.
Pues bien, en uno de nuestros análisis pasilleros, se nos ocurrió -estábamos a punto de entrar en clase de biología- preguntarnos sobre comportamientos de los humanos.
Concretamente, el bostezo ¿Qué era el bostezo?¿para qué le servía al cuerpo?¿Por qué ocurría?¿Por qué era contagioso?.
Y, en esto, suena el timbre y nos disponemos a entrar en clase de biología con un profe que era más serio que los usuales. Algo distante, sabía muchísimo y dictaba unas clases sapientísimas.
Pero, como estabamos muy motivados y siempre había un compañero dispuesto, una vez pasada 'lista', el delegado de curso se levantó y dijo:
"D.Amadeo, perdone, pero quisiéramos preguntarle algo".
"Ustedes dirán".
"D. Amadeo, ¿qué es un bostezo?"
"¡Un acto de muy mala educación!"
Y, ahí acabó el tema. Nos quedamos sin saber qué era un bostezo.
Y, aún hoy, yo no lo sé.
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