Sigo con el tema de los objetios educativos.
Este tema fue uno de los caballos de batalla de la L.G. de Educación de los años 70. En aquellos entonces, los Institutos de Ciencias de la Educación, la bibliografía al uso y la práctica de los docentes, nos llevaba a ir perfilando qué frase podía servir para describir un objetio y cuál no. Estaba un libro -de Mager- que fue muy referenciado y, claro, Bloom y Kratwhorl (supongo que se escribe así) para ayudar a sistematizarlos.
También el que discutiéramos los profes sobre si eran objetivos generales, operativos, de tendencia, en fin, objetivos bajo varios epítetos.
A mí me gustaba el tema. Creí entonces haber alcanzado un grado suficiente de eficiencia al respecto y los utilizaba tanto para las programaciones como para enunciarles a los chicos las pistas sobre su aprendizaje.
Asi, los viejos docentes, de alrededor de 12 - 15 años de experiencia, por lo menos, no pudimos hacer otra cosa que sorprendernos cuando alrededor de la LOGSE vimos nacer una parafernarlia tremenda alrededor de los objetivos. Nos parecían ambiguos, mal redactados, excesivamente complicados y en algunos casos fuera de contexto y de eficacia.
A tal fin, se confeccionó un chiste que reza de la siguiente manera:
El objetivo prescrito es "Aumentar la sensibilidad de los chicos hacia la música clásica, el arte y las manifestaciones de la sensibilidad humana (más o menos)"
Decíamos que, según ello, la evaluación debería estar clara.
El que se durmiera oyendo la sexta sinfonía de Beethoven: suspenso.
Al que mirara al techo de la clase, Insuficiente.
El que en algún momento moviera la cabeza ante algún compás, suficiente.
El que mirara por la ventana con aire romántico, bien.
El que suspirara o jadeara, Notable.
El que llegara al orgasmo. Sobresaliente.
Era un tanto borde, si se quiere, pero denotaba una especie de cansancio de los profes ante el cúmulo de objetivos difusos e inobjetivables que nos hicieron llegar.
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