Los profes y las profas somos tan humanos como cualquier hijo de vecino.
Y eso es obvio.
Por consiguiente parece ser bueno advertir que, cuando llegas a un cole vas a tener amigos y no amigos a prior. Tanto como en cualquier grupo de trabajo.
Si, además, por las circunstancias de clase, grupo, género y lo que sea, se añaden especiales características, hay que esperar mayores complejidades.
Por ejemplo, en el pueblo de la Vega de Granada, donde he estado 28 años destinado, y que empezamos un pequeñísimo grupo de profes -9- a formar nuestro Insti, fuimos pasando a mayores complejidades.
Así, algunas mujeres que vinieron al grupo bastante consolidado se mostraron paladinas de la nueva femineidad. No sé para qué porque nadie -me parece a mí- les había pedido tal papel.
Con una de ellas aconteció un suceso que me parece divertido.
Un día, estando de guardia, advertí que un grupo de clase no tenía profe. Se oía desde el pasillo que en un aula había poco 'orden'. Entré y, ciertamente, todos los alumnoas estaban hablando sin control, levantados y cosas así.
Claro, el tema era conseguir bajar el ruido, sentarlos u ordenarlos y dejar aquello pacificado.
Mandé silencio y, ante sus reticencias, vertí el nuevo "insulto" que un tío mío había propuesto en la familia: Les dije "¡no seáis GAZOFILÁCEOS!. Así, como suena.
Tal propuesta había partido mi tío en una conversación familiar en la que proponía inventar usos de palabras -lo más inocuas posibles- para ser usadas como amenazas, coacciones o demás.
Pues, a mí se me quedó. Y la utilicé:
Pero, aclaremos: Según el DLE: "Gazifilacio", es m. Lugar donde se recogían las limosnas, rentas y riquezas del templo de Jerusalén.
Como era sonora, fuerte, de vocales importantes... resultó: se callaron.
Bueno, pues asunto solucionado. ¿Solucionado?.
Ni hablar.
A los dos o tres días, estando en la "sala de profesores", viene mi compañera -que no amiga, entonces, (luego nos hicimos muy buenos amigos)- y dice con retintín "Rafa, la has liado, abajo hay un padre de un alumno que viene a quejarse de que el otro día insultastes a su hijo".
Como no me extrañó, pasé por la estantería de la sala donde estaba el "Larousse" y cogí el tomo que correspondía a la "Ga...".
Baje, con la profa, a la sala de visitas.
El padre, diplomático, pero tenso: "... hombre, D. Rafael, hay que ver, que sabemos lo bien que se lleva con los alumnos, ¿cómo ha podido insultar a los chicos?..."
Le insté a que me dijera bajo qué términos y soltó la palabra, y yo el tomo del diccionario.
Miró la entrada. Levantó la vista del libro con una sensación de desconcierto: "Pero, entonces, ¡no era un insulto!".
Y, le expliqué: "No, era una palabra extraña, fuerte y que llamaba la atención. Consiguió el papel que se le adjudicaba, parar un jaleo, y ahí debía de haber acabado".
Me pidió perdón y acabó la cuestión.
Marchó y me volví a la colega: Le dije "¿Te ha salido mal?. Esperabas poder hacerme pasar un mal rato y... no ha funcionado. Así no vamos a muchos sitios".
Con el paso del tiempo y conste, no demasiado. Nos hicimos muy amigos.
Otra palabra que tenía mi tío para usar en sitios y ocasiones adecuadas era "tatarabito". Pero ni sé qué significa, ni es demasiado fuerte para controlar nada.
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