En nuestro Insti Atárfido pasamos por varias etapas.
Estuvimos divididos en dos edificios. De un lado las antiguas escuelas -de párvulos, decían- y el edificio "de Agricultura". Básicamente la base del Insti actual.
Teníamos que ir de uno a otro y, claro, la jornada académica tenía retrasos significativos y, también, y aquí viene el interés, unas instalaciones la mar de curiosas.
De un edificio de oficinas tratamos de hacer un "aulario" más o menos decente. Más bien menos que más, pero aquello iba tirando.
Me quedé con un aula en el último piso. Nadie la quería, teníamos llave de ella y tenía sus comodidades y peculiaridades.
Por ejemplo, una ventana daba al tejado. Se podía salir por ella y aprovechando una especie de terracita llegabas al borde del edificio y, enfrente la chopera que hacía límite con "las Yucas" -Restaurante-, entonces en sus comienzos.
Un día, casi de comienzo de curso llega una de las compañeras -alumna- con una cara de destrozo psicológico. Estaba fatal, pero fatal, fatal.
Nos conocíamos de años anteriores y verla así me preocupó. Me contó que el novio la había abandonado de mala manera y estaba de verdad enamorada.
Se había metido en el agujero depresivo de esas situaciones y, por más que hizo por superarlo, no salía de ahí.
Le insistí en que hiciera vida normal, trataba de hacerlo y era por eso por lo que venía a clase. Los compañeros y amigas la jaleaban pero -decía ella- había momentos en que el dolor interno la tenía derrotada.
Un día entró en clase con cara de abatimiento tremendo, lágrimas y suspiros la tenían ocupada por completo.
Se me ocurrió de golpe. Le señalé la ventana y le dije que saliera por ella y se asomara a la chopera y que, allí, le gritara a su ex-rubio, todo lo que quisiera.
Así lo hizo. Salió, cerré la ventana -sin pestillo, obviamente- y oímos gritos, aullidos e improperios.
Al rato, volvió, decía ella que "mucho mejor" y, bueno, seguimos la clase normal.
En jornadas sucesivas, cada vez que se veía mal, pedía permiso, salía al tejado, repetía la operación y nada, otra más.
Pero, en la sala de profesores, había sorpresas.
En uno de esos días, al entrar en ella, un grupo de colegas se dirigen a mi.... "Rafa, ¿oyes tú esos gritos que hay a veces?"...
"¿Gritos?, ¿qué gritos?", dije yo. "No he oído nada".....
Me decían que sí, que había días que en mitad de la jornada se oían gritos....
Se me ocurrió adjudicarle a algún labriego cabreado...
Y, así, pasamos desapercibidos....
Hasta que la moza superó el problema.
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