miércoles, 1 de agosto de 2018

escribe 200 veces...

Cuando llegamos destinados a Marruecos, como profes, mi mujer y yo tratamos, antes de empezar el curso, saber lo máximo que pudiéramos sobre la idiosincrasia de una cultura de la que, en un principio, no sabíamos nada de nada. Nos reunimos formal e informalmente con los compañeros que, curiosamente, llevaban allí desde tiempos del protectorado.
Les preguntamos sobre cómo eran las clases, cómo eran los grupos, qué problemática era la que surgiría de manera más frecuente, etc. etc.
Nos llamó la atención su sugerencia: "esta cultura es tremendamente negociadora, no os quedéis encerrados en un argumento, tratad de dialogar buscando salidas...". Y, si se nos apura nos dijeron algo más popular "....hay que 'regatear'".
Pues bien, ¿en qué y en dónde?.
La verdad es que estábamos expectantes hasta que un día me encontré con un problema. Un chico -era un centro sólo de alumnos, en un principio, después se amplió su convocatoria-, un chico, digo, "metió la pata". Parecía necesario encargar algún trabajo, alguna actividad señalada para que, como suelo decir "pasara algo". Y, ahí, a la hora de establecer el 'castigo' me encontré con el recuerdo de las recomendaciones de mis compañeros.
Es más, si hacía alguna sanción del tipo "esta tarde te quedas después de las clases", no servía como coacción ya que consideraban que "no tenían nada que hacer" y el castigo les "entretenía". Así, no encontraba de manera rápida algún tipo de 'castigo fastidioso' adecuado.
Improviso: "Por favor, escribe, 200 veces... una frase adecuada".
Me dice, "no", pero no en mal plan, sino, no, sencillamente.
Me pareció que entrábamos en el regateo. Y aviso, "voy a subir" de cien en cien, después de doscientas en doscientas".
"Pues bueno".
"Vale, trescientas veces la frase indicada".
Dice: "no". Y yo, "quinientas".
Me contesta: "¿Le parece que lo dejemos en cuatrocientas?".
¡Y el caso es que las hacían!.
Pero habíamos negociado.

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