tores para hacer el trayecto.
Pues más de una y más de dos y más de tres veces fui a echar gasolina, con el depósito vacío y el monedero, también.
Me asomaba al borde de la carretera y pedía a alguno de los chicos que iban en su moto que me prestaran unas pesetas para pagar mi combustible. "Luego te lo pago" era mi justificación.
Pero, como también era normal, lo iba dejando pasar. No por mala voluntad -para mi tranquilidad moral-, pero sí de manera fáctica.
Hasta que un día, llego a clase y encuentro el aula vacía de mesas, todos los alumnos en el estrado, una silla en mitad del aula y unos dedos acusadores -con sonrisas contenidas detrás- que me indican que me siente.
Lo hago y veo cómo el "delegado de clase" saca una especie de rollo medieval, (con los bordes quemados para que pareciera más antiguo) y se pone a leer.
"Habiendo constatado, después de una consulta a la población de este Instituto, que el insigne Jefe de Estudios y profesor de física, D Rafael Flores, debe dinero a un montón de gente -poco a cada uno, pero hay muchos- y viendo la dificultad de llevar la cuenta a buen fin, tiende a considerar la cuenta como condonada, pero propone una sistemática más ordenada para el futuro... (o algo así)".
Me quedé helado. Llevaban todas las razones del mundo dinerario. Tenía que improvisar y, quedar bien, obviamente.
Me levanté serio. Todos expectantes y me dirijo al delegado, le quito el papiro y hago como que leo.
"En virtud de mi cargo deudor a la colectividad y atendiendo a sus poderosas razones, he de anunciar que, en este momento, invito a desayunar -hoy y mañana- a todos mis alumnos".
Ni que decir tiene que la gasolina adeudada no llegó nunca a costar lo que sí me costaron los desayunos.
Pero salvé el tipo con honor, y con humor.
Pues más de una y más de dos y más de tres veces fui a echar gasolina, con el depósito vacío y el monedero, también.
Me asomaba al borde de la carretera y pedía a alguno de los chicos que iban en su moto que me prestaran unas pesetas para pagar mi combustible. "Luego te lo pago" era mi justificación.
Pero, como también era normal, lo iba dejando pasar. No por mala voluntad -para mi tranquilidad moral-, pero sí de manera fáctica.
Hasta que un día, llego a clase y encuentro el aula vacía de mesas, todos los alumnos en el estrado, una silla en mitad del aula y unos dedos acusadores -con sonrisas contenidas detrás- que me indican que me siente.
Lo hago y veo cómo el "delegado de clase" saca una especie de rollo medieval, (con los bordes quemados para que pareciera más antiguo) y se pone a leer.
"Habiendo constatado, después de una consulta a la población de este Instituto, que el insigne Jefe de Estudios y profesor de física, D Rafael Flores, debe dinero a un montón de gente -poco a cada uno, pero hay muchos- y viendo la dificultad de llevar la cuenta a buen fin, tiende a considerar la cuenta como condonada, pero propone una sistemática más ordenada para el futuro... (o algo así)".
Me quedé helado. Llevaban todas las razones del mundo dinerario. Tenía que improvisar y, quedar bien, obviamente.
Me levanté serio. Todos expectantes y me dirijo al delegado, le quito el papiro y hago como que leo.
"En virtud de mi cargo deudor a la colectividad y atendiendo a sus poderosas razones, he de anunciar que, en este momento, invito a desayunar -hoy y mañana- a todos mis alumnos".
Ni que decir tiene que la gasolina adeudada no llegó nunca a costar lo que sí me costaron los desayunos.
Pero salvé el tipo con honor, y con humor.

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