Supongo que más de uno de nosotros, -y más de dos-, han tenido que hacer obras en su casa. Han llamado a un "paleta" o "albañil" o como quiera llamarse al oficio y ha venido, han mirado juntos la obra a hacer y, por la razón que sea, ha sido contratado.
Al empezar a hacer la nueva obra hay que hacer, casi siempre, un poco de destrucción, romper un tabique, quitar un sanitario, lo que sea.
Más tarde o más temprano el trabajador de la construcción empieza a hablar mal del que te hizo esa obrita. "Venga, venga ud., por favor, pero ¿quién le hizo esto?¡es un verdadero desastre!"...
El contratador, yo, o usted, le dejamos hablar, y él sigue que sigue poniendo fatal al antiguo constructor.
Cuando empieza a hacer tu encargo, le puedes decir. Mire, usted dijo que el antiguo albañil era un desastre, puede ser que lleve razón, pero ahora está obligado usted a hacerlo no sólo mejor, sino bastante mejor que el anterior....
Pues algo así nos pasa a los "maestros". A mí me pasó. Llegué -o llegamos- a la institución que nos había contratado. Había en marcha una nueva Ley de Educación y, desde ésta, poníamos "a caldo" no sólo a la antigua sino a las costumbres ancestrales -decíamos- de la educación.
Estábamos obligados a hacerlo mejor, mucho mejor que los anteriores.
¿Lo hicimos?.
Tan sólo podría empezar a dirirmirse si una evaluación exterior, con la adecuación que hiciera falta, hubiera comprobado que nuestros resultados eran mejores que los anteriores.
Así, a cada revolución educativa o innovación pedagógica, se le podría pedir que, al menos, igualara a la anterior, pero con mayor eficiencia o, claramente, la superara.
¿Es así?¿Se va a aceptar que un evaluador exterior lo diga?¿Se va a asumir las correcciones que sugiriera ese examen exterior?
Si es así, ¡chapeau!. Si no lo es...
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