Pues tengo otro "invento" que recordar: Todos habremos pasado con mayor o menor susto la mera posibilidad de que, al final de curso nos hicieran eso... un examen final.
Cuando se extendió la "evaluación continua", empezó la decadencia de los exámenes como referentes de cualificación. Había, hubo y habrá (supongo) mil subterfugios para no "encerrar a los chicos con un papel delante".
Pues, a raíz de conversaciones con el alumnado, empecé a pergeñar algo interesante.
Sostenía -yo- que a quienes más interesaba que a nadie "saber" su "nota final -real", era a los mismos alumnos y, después de varias conversaciones convinimos en hacer exámenes finales.
Para no alterar ni conmover a los paladines de los trabajos, evaluaciones en equipo, etc.etc. se nos ocurrió poner un examen final, al estilo clasico, en los últimos días de actividad docente.
Se anunciaba que, en sí, si no se quería, no habría que estudiar nada especial, repasar, si acaso y, llegado el caso, los alumnos se enfrentaban a una hoja en la que, en el encabezamiento ponía "Contraseña", fecha, curso y demás datos de costumbre.
Yo corregía esos exámenes con el rigor normal y, en reunión al efecto leía: "Caperucita Roja, hubiera tendo un Notable", "Spiderman, un 5", "Batman, un 4".
Quienes quiera que fueran cada uno de ellos se quedaba con el mensaje y,
y, me llegó una señorita que decía ser "Caperucita Roja", que si no podía cambiar su nota, administrativamente acumulada, por la que había conseguido en ese examen. Lo que me pareció raonable y así hice.
Aquellos clandestinos que tenían baja nota no se identificaban, naturalmente, pero sí se iban con el mensaje sobre la altura de la calidad de sus destrezas finales. No "sabían tanto", como las puñeticas de la evaluación continua les había dado. Tenían -quienes las tuvieran- lagunas de conocimientos y se iban a casa enfrentándse con "su" realidad.
Que no es poco.
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