Al hilo de las anécdotas participadas por los profesores y que, qué duda cabe, hacen más fácil la vida profesional, he de recordar una que tiene, para mí, el recuerdo de haber sido efectuada por la totalidad de un claustro numeroso.
Éramos más de cien profesores, o por ahí, de un Instituto Politécnico con más de mil y mucho pico de alumnos. Estábamos gentes de todas las edades y condiciones, desde antiguos profesores funcionarios de antiguo a un montoncito de nuevos, recien llegados a la fnción pública.
Estrenábamos un nuevo centro, que por cierto fueron a inaugurar los Reyes de España (y de lo que también se podrían sacar algunas anécdotas divertidas) y que estábamos dispuestos a trabajarlo con cariño y entusiasmo.
Pues bien, en ese centro, heredábamos -claro- el director del que lo era antes y éste señor tenía una mania para reclamar silencio en los multitudinarios claustros.
Creíamos que su "timbre de barra de recepción de hotel del oeste" podría ser más o menos aceptable en la enormísima sala de juntas del antiguo centro, pero no en el nuevo que tenía mejores condiciones acústicas y de visualizacion.
Pues eso, tomando cervezas después de clase, empezamos a pensar en cómo eliminar el timbre de la forma más pacífica posible.
Queríamos que, fuera como fuera el cómo lo hiciéramos, nos hiciera reir a todos -y también, al director-. Así que, empezamos a pensar hasta que a alguien se le ocurrió: "Un destornillador".
¿Cómo?, le preguntamos. Y el colega, entusiasmado, nos dice su diseño. "Nos las arreglamos para que salga un momento de la sala en plena celebración de un claustro y, desmontamos el timbre y se lo dejamos en su lugar, de tal manera que, cuando lo vuelva a tocar, se deshaga".
Nos pareció bien y, para sacarlo de la reunión, dijimos a un familiar que llamara por teléfono al centro, que dijera que era importante hablar con el Sr Director y así, el conserje le hiciera abandonar el local.
Hecho. Empezamos un Claustro. Al cabo de 20 minutos llega el Conserje, pide permiso y le dice que al teléfono hay un señor que insiste en hablar con él, sólo un momento. El director nos mira, le decimos que no se preocupe, que atienda la llamada y, en cuanto sale, dos de nosotros, corremos hacia el timbre, lo desarmamos, lo enjaretamos para que no pareciera 'tocado' y volvemos a nuestros asientos.
El grupo está sonriendo por fuera y riéndose por lo bajo.
Llega el Dire, seguimos con los temas y, al cabo de un rato hay un cierto desmadre. Como hay que pedir silencio, el "Jefe", acciona el timbre y mira con terror cómo se desarma en un montoncito de piezas de metal.
No nos reímos, había que evaluar su reacción. Nos mira con cara de sorpresa y dice: "O sea, que 'esto' no era del gusto de ustedes, ¿no?". Y todos le indicamos con la cabeza la negación. Cogió una papelera, arrastró las piezas hasta ella y dijo: "Seguimos con el tema".
Al final del claustro, fuimos a felicitarle por lo bien que habia encajado la broma y los mayores le dijeron que había sido la forma más pacífica que se nos había ocurrido a todos para quitarle su querencia tímbrica.
Éramos más de cien profesores, o por ahí, de un Instituto Politécnico con más de mil y mucho pico de alumnos. Estábamos gentes de todas las edades y condiciones, desde antiguos profesores funcionarios de antiguo a un montoncito de nuevos, recien llegados a la fnción pública.
Estrenábamos un nuevo centro, que por cierto fueron a inaugurar los Reyes de España (y de lo que también se podrían sacar algunas anécdotas divertidas) y que estábamos dispuestos a trabajarlo con cariño y entusiasmo.
Pues bien, en ese centro, heredábamos -claro- el director del que lo era antes y éste señor tenía una mania para reclamar silencio en los multitudinarios claustros.
Creíamos que su "timbre de barra de recepción de hotel del oeste" podría ser más o menos aceptable en la enormísima sala de juntas del antiguo centro, pero no en el nuevo que tenía mejores condiciones acústicas y de visualizacion.
Pues eso, tomando cervezas después de clase, empezamos a pensar en cómo eliminar el timbre de la forma más pacífica posible.
Queríamos que, fuera como fuera el cómo lo hiciéramos, nos hiciera reir a todos -y también, al director-. Así que, empezamos a pensar hasta que a alguien se le ocurrió: "Un destornillador".
¿Cómo?, le preguntamos. Y el colega, entusiasmado, nos dice su diseño. "Nos las arreglamos para que salga un momento de la sala en plena celebración de un claustro y, desmontamos el timbre y se lo dejamos en su lugar, de tal manera que, cuando lo vuelva a tocar, se deshaga".
Nos pareció bien y, para sacarlo de la reunión, dijimos a un familiar que llamara por teléfono al centro, que dijera que era importante hablar con el Sr Director y así, el conserje le hiciera abandonar el local.
Hecho. Empezamos un Claustro. Al cabo de 20 minutos llega el Conserje, pide permiso y le dice que al teléfono hay un señor que insiste en hablar con él, sólo un momento. El director nos mira, le decimos que no se preocupe, que atienda la llamada y, en cuanto sale, dos de nosotros, corremos hacia el timbre, lo desarmamos, lo enjaretamos para que no pareciera 'tocado' y volvemos a nuestros asientos.
El grupo está sonriendo por fuera y riéndose por lo bajo.
Llega el Dire, seguimos con los temas y, al cabo de un rato hay un cierto desmadre. Como hay que pedir silencio, el "Jefe", acciona el timbre y mira con terror cómo se desarma en un montoncito de piezas de metal.
No nos reímos, había que evaluar su reacción. Nos mira con cara de sorpresa y dice: "O sea, que 'esto' no era del gusto de ustedes, ¿no?". Y todos le indicamos con la cabeza la negación. Cogió una papelera, arrastró las piezas hasta ella y dijo: "Seguimos con el tema".
Al final del claustro, fuimos a felicitarle por lo bien que habia encajado la broma y los mayores le dijeron que había sido la forma más pacífica que se nos había ocurrido a todos para quitarle su querencia tímbrica.
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